miércoles, 15 de octubre de 2014
CAPITULO UNO - ULTIMA PARTE
—Financieramente —replicó ella—. Pero los niños necesitan algo más que dinero de sus padres y madres. Un niño necesita seguridad, atención, amor, afecto, enseñanzas, risas. Un niño necesita ver que el amor es posible, y tú no crees en el amor. ¿Por qué iba a casarme contigo, Pedro? Tú no… —un vehículo conocido llamo de repente la atención de Pau —. ¡Oh, no! —exclamó horrorizada al darse cuenta de que era la autocaravana de sus padres la que estaba entrando en el sendero de su casa—. Tienes que irte —dijo rápidamente—. Hablaremos más tarde. Vete.
Pedro la miró como si le hubiera salido otra cabeza.
—¿Por qué?
—Son mis padres. Tienes que irte —dijo Pau, esforzándose por controlar el pánico y un nuevo ataque de náuseas.
—No les has dicho que estás embarazada —concluyó Pedro.
—No se lo he dicho a nadie.
—¿Cuándo planeas decírselo?
Pau vio que su padre bajaba del vehículo y la saludaba con la mano.
—Dentro de cuatro años estaría bien —susurró, a la vez que se obligaba a sonreír a su padre—. Mi madre tiene un pequeño problema de corazón. No es realmente peligroso, pero no quiero alterarla. Tienes que irte —añadió enfáticamente.
—No puedo. Me han bloqueado la salida —dijo Pau, y la lógica de sus palabras hizo que Pau quisiera llorar.
—Pau —dijo su madre con una sonrisa mientras subía las escaleras del porche—. ¡Sorpresa! Espero que no te importe. Te prometo que no nos quedaremos mucho. Sólo un día. Necesitaba verte para asegurarme de que te encuentras bien —observó a su hija con ojo maternal—. Estás un poco pálida, corazón.
Pau sintió que el estómago se le encogía a causa de las náuseas, pero siguió sonriendo mientras abrazaba a su madre.
—Estoy bien. Yo también me alegro de verlos. Pensaba que estaban en Branson.
Su padre le dio un rápido abrazo y rió.
—Ya conoces a tu madre. No es feliz si no ve a su niñita de vez en cuando. ¿Quién es él? —preguntó, volviéndose hacia Pedro.
Pau habría deseado tener en ese momento una varita mágica en las manos. Habría hecho que tanto Pedro Alfonso como sus náuseas desaparecieran.
sábado, 11 de octubre de 2014
CAPITULO UNO - PARTE CUATRO
Pedro sintió el sabor metálico del miedo y empezó a temblar.
- ¿Tienes algún otro familiar? - preguntó la asistente. Sin poder hablar, Michael negó con la cabeza.
- No te, preocupes. Encontraremos alguien que se ocupe de ti.
Sin embargo, por diversos motivos, tres familias adoptivas fueron incapaces de conservarlo durante más de un año. Demasiado mayor para ser adoptado, Michael acabó teniendo su casa en el Hogar Granger, donde había muy pocas posibilidades de desarrollar lazos emocionales.
Pero era un lugar adecuado para los sueños. Y Pedro no dejó de soñar en convertirse en un hombre que controlara su vida y su destino, un hombre rico ypoderoso. Pero nunca soñó en llegar a ser padre.
Como de costumbre, el despertador de Pau se puso a sonar poco antes de las seis. Tras apagarlo, se dispuso a ir al baño para tomar una ducha antes de ir a trabajar, pero entonces recordó que ya no trabajaba en CG Enterprises. Aún no se había acostumbrado al cambio de rutina. Su corazón latió más deprisa al pensar que estaba en paro, pero se tranquilizó al recordar sus acciones.
Su mente empezó a dar vueltas como un disco rayado. Pensamientos sobre Michael se deslizaron en ella con la insidiosa facilidad del humo, y el dolor del último encuentro regresó con toda su fuerza. Cada vez que pensaba en él se veía como una idiota.
Aunque sentía algo muy intenso por Pedro, no era amor. Apretó los ojos con fuerza y se dijo que tenía cosas más importantes en las que pensar. Como en su bebé. Por enésima vez se preguntó cómo iba a decírselo a sus padres.
Hija única y tardía, sabía que representaba todas las esperanzas y sueños de sus padres. Se estremeció al imaginar a su madre desmayándose y la expresión decepcionada de su padre. «Espera», pensó, y se preguntó cómo iba a esperar durante un año. Al menos tendría un respiro temporal, pues sus padres se habían ido de viaje en autocaravana a Branson.
Apartó a un lado sus preocupaciones y se levantó de la cama, decidida a seguir adelante como fuera. Después de ducharse y desayunar oyó que alguien llamaba a la puerta. Supuso que sería algún vecino, pero al abrir la puerta se encontró frente a Pedro . Sintió que el corazón le daba un vuelco al verlo. Su seria expresión contrastaba con el sol de la mañana y las animadas flores que adornaban la entrada de la casa.
Su rostro revelaba que apenas había dormido, pero no por ello dejaba de emanar su característica fuerza. Ese era uno de los motivos por los que Pau se sintió atraída por él desde el principio. Se intuía que, aunque Pedro pudiera caer como cualquier otra persona, no se desmoronaría y siempre saldría adelante.
Él la observó durante un largo e incómodo momento antes de mirarla directamente a los ojos.
- ¿Estás embarazada?
Pau dejó de respirar. Se sintió como si acabara de pasarle un tren por encima. Desprevenida, abrió la boca para decir algo, pero no logró articular palabra. Miró la puerta y pensó en cerrarla ante sus narices.
Pedro debió leerle la mente, porque plantó un pie en el umbral.
- ¿Estás embarazada? - repitió.
Desacostumbrada a que Pedro centrara en ella su atención con tal intensidad, Pau siguió luchando por recuperar la compostura. Estaba demasiado cerca de él.
Cuando logró respirar, inhaló su aroma y su cuerpo se ablandó como lo hizo la noche que compartieron.
- Sí - susurró, finalmente.
- Tenemos que hablar - dijo él, y entró en la casa.
Haciendo un esfuerzo por mantener la cabeza fría, Pau se cruzó de brazos y dejó la puerta abierta.
- Creo que no estoy de acuerdo.
Pedro alzó una ceja con expresión interrogante, pero no dijo nada.
- Ya dejaste bastante claros tus puntos de vista durante nuestra última conversación - continuó Kate -. Dijiste que serías un padre terrible y que no debía fiarme de ti.
Pedro apoyó las manos en las caderas.
- Eso fue antes de tener todos los datos.
- ¿Y cómo ha cambiado las cosas eso? - preguntó Pau, negándose a ceder a su debilidad por él. Esa debilidad ya le había metido en bastantes problemas -. ¿Acaso has adquirido de pronto la habilidad para ser un buen padre?
Pedro entrecerró los ojos.
- No. Puede que no sea capaz de hacer mucho por el bebé, pero al menos me ocuparé económicamente de él - tras una pausa, añadió - : También puedo darle un nombre.
- ¿Cómo?
- Podemos casarnos - contestó Michael, con la misma emoción con la que habría podido proponer que se compraran un coche.
Pau hizo un esfuerzo para que su cerebro funcionara como era debido.
- A ver si lo entiendo. No me quieres, no quieres ser padre ni marido, pero te parece buena idea que nos casemos para que el bebé tenga un nombre y seguridad económica, ¿es eso?
- Puedo ocuparme bien de él - dijo Pedro, con una firmeza que sorprendió e inquietó a Pau.
chaaan , ya subo de la otra nove
CAPITULO UNO - PARTE TRES
Dos semanas después, cuando se reunió con Dylan y Justin en O’Malley, la marcha de Pau aún tenía alterado a Pedro.
- Hey, Pedro, te estás quedando atrás en el trabajo - dijo Dylan -. Tú estás a cargo del hogar para madres solteras, Justin del programa de escolarización para niñosdesfavorecidos y yo estoy buscando información para el programa de investigación médica.
- Investigación médica - repitió Justin con expresión preocupada -. Eso suena muy caro.
- Si no tienes cuidado, vamos a empezar a llamarte el millonario agarrado —amenazó Dylan con irónico humor.
- Llamame lo que queras, pero no me arruines - Justin se tragó un antiácido y miró a Pedro -. No tienes buen aspecto. ¿Qué sucede?
- Hace un par de semanas perdí a una empleada fundamental —contestó Pedro de mala gana.
Dylan hizo una mueca de pesar.
- ¿Una muerte? Cuanto lo siento…
- Mi secretaria no ha muerto. Simplemente renunció a su puesto sin previo aviso. Acababa de encargarle que se ocupara de investigar el hogar para madres solteras.
Dylan alzó las cejas.
- ¿Es una mujer veleidosa?
Pedro negó enérgicamente con la cabeza.
- En absoluto.
- Puede que recibiera una oferta mejor —dijo Justin.
- No. Lo he comprobado.
Dylan hizo una seña al camarero.
- Aún no he conocido a ninguna mujer que no actúe de vez en cuando siguiendo sus impulsos emocionales. Dolores de regla, embarazo… todas se vuelven un poco locas de vez en cuando. Puede que recupere el sentido común y regrese.
La mente de Pero se centró en las palabras de Dylan. «Dolores de regla, embarazo». Movió la cabeza. Embarazo no, se dijo. Tal vez la regla u otra cosa, pero no embarazo.
Había sido una sola noche. Pero una noche en la que hicieron el amor cuatro veces, cada vez de forma más desinhibida que la anterior. Lo último en lo que pensó fue en algún método anticonceptivo. Empezó a sudar. Se había limitado a suponer que no se quedaría embarazada. Después de todo, él nunca había tenido intención de ser padre ni marido. Aquello no formaba parte de sus planes.
No estaba escrito en su destino. De hecho, ni siquiera creía estar genéticamente diseñado para ser padre.
- Tierra a Pedro, tierra a Pedro - dijo Dylan a la vez que golpeaba con los nudillos la barra del bar. Rió, pero no pudo ocultar su preocupación -. ¿Quieres decirnos algo?
Pedro pensó en Pau y movió la cabeza lentamente.
- No, no os preocupéis por mí. Me ocuparé personalmente de la investigación sobre el hogar para madres solteras. Nos vemos luego - dijo Pedro, y se levantó.
- Pero tu cerveza… - dijo Justin, claramente incómodo con el desperdicio -. Dylan acaba de pedir otra.
- Gracias, pero prefiero dejarla para otro momento. Puedes tomártela tú.
- No la quiero - dijo Justin.
Dylan se encogió de hombros.
- Se la daremos a alguien. Justin movió la cabeza.
- Creo que estas llevando este asunto de la caridad demasiado lejos.
- Es sólo una cerveza - dijo Dylan, sonriente -. Tendrás que extender un cheque con muchos más números cuando el Club de los Millonarios haga su primera donación. La expresión desasosegada de Justin divirtió a Pedro a pesar de su preocupación por Pau.
—Estás tan forrado que te vendrá bien librarte de un poco de dinero. Pero no te preocupes, Justin; no creo que vuelvas a pasar hambre en el futuro. Hasta luego, amigos - dijo, y mientras salía del bar su mente regresó de inmediato a Pau. ¿Estaría embarazada?
Condujo hasta su apartamento sin dejar de pensar en ello. Al entrar en éste, que era más un lugar para dormir que un hogar, no se molestó en encender la luz. La penumbra encajaba mejor con su estado de ánimo.
Aunque el embarazo era una posibilidad física, cada vez que pensaba en ello seriamente se le encogía el estómago ¿Cómo podía haber sido tan estúpido como para arriesgarse a traer al mundo un hijo en la misma situación por la que él tuvo que pasar? Desde luego, Pau no estaba enferma ni carecía de educación, como le sucedió a su madre, pero era joven y estaba sola.
Una brumosa imagen de su madre justo antes de morir pasó por su mente. Sabía que los recuerdos eran veneno, y cerró su mente a ellos. «Duerme», se dijo. Ocho horas bastarían para aclarar su mente, y si alguna vez había necesitado tener la mente clara, era en aquellos momentos.
Sin embargo, el sueño se mostró esquivo con él. No dejó de dar vueltas en la cama hasta que por fin se adormeció. Pero las imágenes grises que había logrado evitar durante el día invadieron sus sueños. Destellos de momentos cruciales de su pasado, vistos a través de los ojos de un niño, lo hicieron volver atrás en el tiempo, a cuando tenía seis años.
- Tu madre ha muerto - dijo la asistente social, palmeando su manita.
jueves, 9 de octubre de 2014
CAPITULO UNO - PARTE DOS
Al sentir que le iba pisando los talones, ella cerró de un portazo a sus espaldas. Tiró de la cadena y se arrodilló hasta que terminó de devolver. Luego, ignorando los golpes en la puerta, se irguió, se lavó la cara y bebió un poco de agua.
- Lo superarás, Pau - dijo Pero desde el otro lado de la puerta.
Pau se sentía humillada, mortificada… y embarazada. Pensó en la pequeña vida que llevaba en su seno, el resultado de la única noche que había pasado con Pedro.
Sintió que se le hacía un nudo en la garganta, pero se negó a llorar. Tal vez más tarde, pero no en aquellos momentos. Al mirarse en el espejo vio un intenso dolor reflejado en sus ojos verdes, unos ojos que, según sus amigos, siempre relucían. Algo no encajaba en aquella imagen.
- Si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre obtendrás lo que siempre has obtenido - murmuró, citando de forma aproximada una frase que había leído recientemente en un libro -. Ha llegado el momento de hacer algo distinto - armándose una vez más de valor, irguió la cabeza y abrió la puerta -. Renuncio a mi puesto.
- ¿Que renuncias? - repitió Pedro, consternado -. ¿Por qué vas renunciar a un trabajo que te gusta cuando ambos sabemos que esa noche que pasamos juntos fue sólo un gran error?
«Porque voy a tener un hijo tuyo», pensó Pau, pero se negó a decírselo en aquellos momentos. Tal vez más adelante, cuando hubiera recuperado la compostura.
- Es imposible que me quede. Renuncio - dijo, y se encaminó hacia su despacho. Pedro la alcanzó enseguida.
- Esto es ridículo. Lo superarás. Te aumentaré el sueldo.
- No necesito ningún aumento —replicó Pau a la vez que abría la puerta del despacho -. Mi opción de compra de acciones de la compañía me ha asegurado el futuro.
- Tendrás tu propio proyecto. Aquella era una oferta muy tentadora, pero no para ella.
- No.
- Debe haber algo que desees con todas tus fuerzas — dijo Pedro, exasperado -. Todo el mundo tiene su precio.
Aquellas palabras enfadaron tanto a Pau que apenas pudo hablar. Respiro profundamente.
- Siempre pensé que las personas que te llamaban «el hombre de acero» estaban equivocadas. Siempre creí que poseías otras cualidades. Por eso me quedé - se volvió y lo miró a los ojos—. Renuncio. Renuncio a organizarte el día, a recordarte que debes comer, a seguir dejándome seducir por tu inteligencia, a seguir deseando que me desees. Renuncio a seguir trabajando para ti.
—Tu contrato especifica que debes avisar con dos semanas de antelación —replicó Pedro con aspereza.Kate sabía que podía ser duro, pero nunca lo había sido con ella. Sus manos empezaron a temblar. Si no salía pronto de allí iba a desmoronarse.
Volvería más adelante por sus cosas.
- Descuéntame el dinero. Adiós, Pedro —dijo y, tras tomar su bolso, salió del despacho con paso firme. Pedro la observó mientras se alejaba. ¿Qué diablos acababa de pasar? Se había ocupado de restablecer su relación profesional con Pau después de la noche en que cediendo al oscuro anhelo y necesidad que tan a menudo había negado, hicieron el amor.
Siempre se había sentido físicamente atraído por ella, pero, ¿a qué hombre no le habría sucedido lo mismo? Su sedoso pelo rubio caía como una cascada sensual hasta sus hombros, sus ojos verdes brillaban de inteligencia y humor, sus cariñosos labios se curvaban a menudo en una intrigante y seductora sonrisa y movía su cuerpo al caminar como un felino.
Hacia aflorar el afán de conquista en un hombre, pero él se había negado a sí mismo el agua, el sueño mientras hacía surgir su empresa de la nada. Se dijo que el sexo era una necesidad más a la que había renunciado. Valoraba a Pau por razones más importantes. Ella había sido la persona con la que más había podido contar durante los tres últimos años de su vida.
Pau lo había tratado del mismo modo cuando estaba endeudado hasta el cuello y cuando se había convertido en multimillonario. Confiaba en ella. Podía contar con Pau, para ser un hombre que se había pasado la vida sin contar con nadie, eso era algo.
Su aroma aun permanecía en el aire… un aroma a galletitas y sexo. Eso sólo habría bastado para volverlo loco. Lo más probable era que ni siquiera fuera consciente de su importancia. Pero ahora se había ido. La mirada emocionada y también triste de sus ojos aún lo perseguía. Pau no era impulsiva ni dada a muestras irracionales de emoción.
Pedro tenía la inquietante sensación de que había hablado totalmente en serio, y no sólo había perdido a la mejor secretaria que había tenido; también había perdido a su mejor amiga.
El sonido del teléfono en el escritorio de Pau le hizo salir de su ensimismamiento. Descolgó el auricular.
- Alfonos - murmuró.
- ¿Pedro? ¿Qué haces respondiendo al teléfono? Michael reconoció al instante la voz de Jay Payne, su especialista personal.
- Justo a tiempo, Jay. Necesito una nueva secretaria. Se produjo un largo silencio.
- Has dicho una nueva secretaria? ¿Y Kate?
- Se ha ido.
- ¿De vacaciones?
- No.
- ¿Ha pedido una excedencia temporal?
- No - contestó Pedro, sintiendo que se le empezaba a agotar la paciencia.
- ¿Está enferma?
- No - contestó Pedro, y entonces recordó que Pau le había parecido enferma justo antes de irse—. Ha renunciado a su puesto.
Se produjo otro largo silencio.
- ¿De repente?
- De repente.
- Pero se supone que debe avisar con dos semanas de antelación —farfulló Jay -. ¿Te ha dicho por qué? ¿Te la ha robado alguno de nuestros rivales? Sé que ha recibido
ofertas.
Pedro frunció el ceño. Había algo en todo aquello que no cuadraba.
- Anota que está de baja por enfermedad y yo procuraré hacerla cambiar de opinión. Dame los nombres de las empresas que han tratado de captarla. Entretanto, consígueme una secretaria eventual.
- ¿Algún requisito especial?
- Que sea alguien como Pau —contestó Pedro, y supo que acababa de pedir algo imposible.
- ¿Pedro? ¿Qué haces respondiendo al teléfono? Michael reconoció al instante la voz de Jay Payne, su especialista personal.
- Justo a tiempo, Jay. Necesito una nueva secretaria. Se produjo un largo silencio.
- Has dicho una nueva secretaria? ¿Y Kate?
- Se ha ido.
- ¿De vacaciones?
- No.
- ¿Ha pedido una excedencia temporal?
- No - contestó Pedro, sintiendo que se le empezaba a agotar la paciencia.
- ¿Está enferma?
- No - contestó Pedro, y entonces recordó que Pau le había parecido enferma justo antes de irse—. Ha renunciado a su puesto.
Se produjo otro largo silencio.
- ¿De repente?
- De repente.
- Pero se supone que debe avisar con dos semanas de antelación —farfulló Jay -. ¿Te ha dicho por qué? ¿Te la ha robado alguno de nuestros rivales? Sé que ha recibido
ofertas.
Pedro frunció el ceño. Había algo en todo aquello que no cuadraba.
- Anota que está de baja por enfermedad y yo procuraré hacerla cambiar de opinión. Dame los nombres de las empresas que han tratado de captarla. Entretanto, consígueme una secretaria eventual.
- ¿Algún requisito especial?
- Que sea alguien como Pau —contestó Pedro, y supo que acababa de pedir algo imposible.
CAPITULO UNO - PARTE UNO
Paula chaves miró al hombre por el que se había ido colando a lo largo de los tres años anteriores y notó que el estómago se le encogía. Aunque se sintió atraída por él desde el principio, su corazón, su pasión y su cariño habían alcanzado poco a poco el pozo en que residían en aquellos momentos. No era amor, se repitió por enésima vez, pero sí era algo muy fuerte.
El sillón de cuero que se hallaba junto a su enorme escritorio de nogal estaba vacío, como de costumbre. Pedro prefería una silla alta y con ruedas y un tablero inclinado para trabajar. No le gustaba mucho estar sentado.
Sus brillantes ojos color miel parecían contradecir su actitud indiferente. Su inteligencia y tenacidad estimulaban la creatividad de Pau hasta un grado que nunca habría creído posible. Habían trabajado muy unidos y, después de un tiempo, ella había empezado a anhelar los comentarios de aprecio de su jefe, las ocasionales caricias de aprobación.
De vez en cuando había sentido su mirada puesta en ella, y la atracción había palpitado entre ambos, pero Pau siempre se había ocupado de sofocarla. Pau nunca había dejado de esperar que algún día su jefe apartara la vista de su trabajo, la mirara y comprendiera que era la mujer que necesitaba. Dos meses atrás, la fatídica noche en que Michael la miró y alargó una mano hacia ella,
creyó que así había sido.
Una oleada de calor la recorrió al recordar. Podría haber sido el día anterior. Ambos estaban cansados después de haber pasado varias horas trabajando en un proyecto. Cuando Pedro recibió la noticia de que había conseguido un importante contrato con una empresa de la costa oeste, sacó una botella de champán olvidada en la nevera e insistió en que lo celebraran.
Abrió la botella y roció accidentalmente a Pau con el champán. Ella gritó, el se disculpó y ambos rieron. Una copa siguió a otra y al final Kate no sabía qué le había afectado más, si el champán o las hambrientas miradas de su jefe.
En determinado momento, Pedro la hizo beber de su copa y lo único que consiguió fue mojarla más.
- Voy a acabar con más champán en la blusa del que he bebido - dijo ella, riendo. Al mirar a Pedro., la expresión de sus ojos la dejó sin aliento. Dejó de reír y sintió que una mezcla de temor y euforia se apoderaba de ella. Hacía tiempo que anhelaba que la mirara así.
Pedro posó la vista en su boca.
- Siento curiosidad por averiguar cómo sabe el champán
en tus labios. instintivamente, Pau se los humedeció con la lengua. Se sentía como si estuviera al borde de un precipicio. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
- Tal vez deberías comprobarlo - susurró. Sin dejar de mirarla, Pedro inclinó la cabeza y la besó.
El primer beso dio paso a otro, y a otro más, hasta que Pau perdió la cuenta. Su blusa húmeda fue descartada y se excitó al instante bajo las caricias de Pedro. Seductoras y exigentes, las manos de éste no dejaron un rincón de su cuerpo sin explorar. Inevitablemente, en su interior floreció la esperanza de que la deseara como algo más que su secretaria.
Pero a la mañana siguiente su sueño quedó roto en mil pedazos. Pedro se disculpó profusamente por haber traspasado las barreras de su relación profesional. Se mostró tan sinceramente disgustado por su comportamiento que Pau no pudo odiarlo.
E incluso después del tiempo transcurrido aún no había perdido la esperanza de que la mirara y comprendiera que la quería. Pensó que había llegado el momento de averiguarlo, y sintió que el estómago se le volvía a encoger a causa de los nervios.
Respiró profundamente para tranquilizarse. Había llegado el momento de la verdad. Ganara o perdiera, no podía permitirse esperar más a Pedro. Se acerco a él y abrió la boca. Pedro apartó la mirada del papel que sostenía en la
mano y se lo alcanzó.
- ¿Te importaría investigar este hogar para madres solteras? Pau sintió que su corazón dejaba de latir. ¿Sabía la verdad? Abrió la boca, pero ningún sonido surgió de ella.
- Necesito que lo mantengas en secreto —continuó Pedro, en un tono que recordó a Pau la noche que pasaron juntos, la noche que él le demostró con su cuerpo y sus palabras cuánto podía desearla—. Es un favor para un amigo.
- ¿Un favor para un amigo? —repitió ella, tensa. Pedro se encogió de hombros.
- Sí, algo referente a una fundación caritativa. Pau tomó el papel.
- Lo intentaré, pero puede que tenga que irme.
- ¿Irte? - Pedro miró su reloj—. Son sólo las diez ¿Estás enferma?
- En cierto modo —murmuró Pau, sintiendo que su coraje se desvanecía. Pero enseguida alzó la barbilla y se dijo que debía hacer aquello—. No puedo volver —espetó.
- ¿Volver a dónde? - preguntó Pedro, sin comprender.
- A donde estábamos antes de la noche que pasamos juntos.
Pedro asintió lentamente y se pasó una mano por los ojos.
- Ya te dije que lo sentía. Lo último que pretendo es estropear nuestra relación profesional. Eres la mejor secretaria que he tenido… la única que podría tener.
Se estaba refiriendo al hecho de que había tenido siete secretarias antes de que Pau llegara. Si ella no hubiera estado colada por él, sus palabras habrían sido un consuelo pero, dadas las circunstancias, no sirvieron para nada.
- No puedo volver atrás. Siento algo especial por ti - dijo Pau, y sintió que su corazón se desgarraba cuando Pedro apartó la mirada. Decidida a hacer aquello lo mejor
posible, continuó hablando a pesar de la inseguridad que reflejaba su voz -. Siento algo por ti que no puedo evitar. Te aprecio como jefe, pero me he encariñado contigo como hombre.
- Pues no lo hagas - dijo él con firmeza, volviendo a mirarla—. No soy el hombre que te conviene. No creo en el amor romántico. Ni siquiera estoy seguro de creer en el
amor. Las emociones van y vienen. No se puede depender de ellas. Hay más probabilidades de ganar en Las Vegas que con algo tan caprichoso como las emociones humanas. No soy alguien con quien se pueda contar. Sería un marido y un padre funesto. No te encariñes conmigo de ese modo.
El corazón de Pau se encogió y las náuseas se acumularon en su garganta. Asustada, se volvió para correr hacia el baño.
- ¡Pau! - exclamó Pedro tras ella.
Sus brillantes ojos color miel parecían contradecir su actitud indiferente. Su inteligencia y tenacidad estimulaban la creatividad de Pau hasta un grado que nunca habría creído posible. Habían trabajado muy unidos y, después de un tiempo, ella había empezado a anhelar los comentarios de aprecio de su jefe, las ocasionales caricias de aprobación.
De vez en cuando había sentido su mirada puesta en ella, y la atracción había palpitado entre ambos, pero Pau siempre se había ocupado de sofocarla. Pau nunca había dejado de esperar que algún día su jefe apartara la vista de su trabajo, la mirara y comprendiera que era la mujer que necesitaba. Dos meses atrás, la fatídica noche en que Michael la miró y alargó una mano hacia ella,
creyó que así había sido.
Una oleada de calor la recorrió al recordar. Podría haber sido el día anterior. Ambos estaban cansados después de haber pasado varias horas trabajando en un proyecto. Cuando Pedro recibió la noticia de que había conseguido un importante contrato con una empresa de la costa oeste, sacó una botella de champán olvidada en la nevera e insistió en que lo celebraran.
Abrió la botella y roció accidentalmente a Pau con el champán. Ella gritó, el se disculpó y ambos rieron. Una copa siguió a otra y al final Kate no sabía qué le había afectado más, si el champán o las hambrientas miradas de su jefe.
En determinado momento, Pedro la hizo beber de su copa y lo único que consiguió fue mojarla más.
- Voy a acabar con más champán en la blusa del que he bebido - dijo ella, riendo. Al mirar a Pedro., la expresión de sus ojos la dejó sin aliento. Dejó de reír y sintió que una mezcla de temor y euforia se apoderaba de ella. Hacía tiempo que anhelaba que la mirara así.
Pedro posó la vista en su boca.
- Siento curiosidad por averiguar cómo sabe el champán
en tus labios. instintivamente, Pau se los humedeció con la lengua. Se sentía como si estuviera al borde de un precipicio. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
- Tal vez deberías comprobarlo - susurró. Sin dejar de mirarla, Pedro inclinó la cabeza y la besó.
El primer beso dio paso a otro, y a otro más, hasta que Pau perdió la cuenta. Su blusa húmeda fue descartada y se excitó al instante bajo las caricias de Pedro. Seductoras y exigentes, las manos de éste no dejaron un rincón de su cuerpo sin explorar. Inevitablemente, en su interior floreció la esperanza de que la deseara como algo más que su secretaria.
Pero a la mañana siguiente su sueño quedó roto en mil pedazos. Pedro se disculpó profusamente por haber traspasado las barreras de su relación profesional. Se mostró tan sinceramente disgustado por su comportamiento que Pau no pudo odiarlo.
E incluso después del tiempo transcurrido aún no había perdido la esperanza de que la mirara y comprendiera que la quería. Pensó que había llegado el momento de averiguarlo, y sintió que el estómago se le volvía a encoger a causa de los nervios.
Respiró profundamente para tranquilizarse. Había llegado el momento de la verdad. Ganara o perdiera, no podía permitirse esperar más a Pedro. Se acerco a él y abrió la boca. Pedro apartó la mirada del papel que sostenía en la
mano y se lo alcanzó.
- ¿Te importaría investigar este hogar para madres solteras? Pau sintió que su corazón dejaba de latir. ¿Sabía la verdad? Abrió la boca, pero ningún sonido surgió de ella.
- Necesito que lo mantengas en secreto —continuó Pedro, en un tono que recordó a Pau la noche que pasaron juntos, la noche que él le demostró con su cuerpo y sus palabras cuánto podía desearla—. Es un favor para un amigo.
- ¿Un favor para un amigo? —repitió ella, tensa. Pedro se encogió de hombros.
- Sí, algo referente a una fundación caritativa. Pau tomó el papel.
- Lo intentaré, pero puede que tenga que irme.
- ¿Irte? - Pedro miró su reloj—. Son sólo las diez ¿Estás enferma?
- En cierto modo —murmuró Pau, sintiendo que su coraje se desvanecía. Pero enseguida alzó la barbilla y se dijo que debía hacer aquello—. No puedo volver —espetó.
- ¿Volver a dónde? - preguntó Pedro, sin comprender.
- A donde estábamos antes de la noche que pasamos juntos.
Pedro asintió lentamente y se pasó una mano por los ojos.
- Ya te dije que lo sentía. Lo último que pretendo es estropear nuestra relación profesional. Eres la mejor secretaria que he tenido… la única que podría tener.
Se estaba refiriendo al hecho de que había tenido siete secretarias antes de que Pau llegara. Si ella no hubiera estado colada por él, sus palabras habrían sido un consuelo pero, dadas las circunstancias, no sirvieron para nada.
- No puedo volver atrás. Siento algo especial por ti - dijo Pau, y sintió que su corazón se desgarraba cuando Pedro apartó la mirada. Decidida a hacer aquello lo mejor
posible, continuó hablando a pesar de la inseguridad que reflejaba su voz -. Siento algo por ti que no puedo evitar. Te aprecio como jefe, pero me he encariñado contigo como hombre.
- Pues no lo hagas - dijo él con firmeza, volviendo a mirarla—. No soy el hombre que te conviene. No creo en el amor romántico. Ni siquiera estoy seguro de creer en el
amor. Las emociones van y vienen. No se puede depender de ellas. Hay más probabilidades de ganar en Las Vegas que con algo tan caprichoso como las emociones humanas. No soy alguien con quien se pueda contar. Sería un marido y un padre funesto. No te encariñes conmigo de ese modo.
El corazón de Pau se encogió y las náuseas se acumularon en su garganta. Asustada, se volvió para correr hacia el baño.
- ¡Pau! - exclamó Pedro tras ella.
miércoles, 8 de octubre de 2014
PRÓLOGO
Según había dicho el director en su
discurso durante la reunión de antiguos alumnos, ellos
eran los que más éxito había tenido a lo largo de la historia
del Hogar Granger y, por tanto, debían ser los modelos a
seguir por los más jóvenes.
«Ellos» eran Dylan Barrow, Justin
Langdon y Pedro Alfonso. Este último no había podido
dejar de pensar en el comentario sobre los «modelos a
seguir». Unidos por su pasado común, su prosperidad y sus
cuentas
multimillonarias, los tres brindaron
por su éxito en el bar O’Malley.
Justin, un mago de la bolsa, alzó su
jarra de cerveza.
- Felicidades, Dylan —dijo—. Seguro que
te sorprendió averiguar que tu padre era el famoso
Archibald Remington, dueño de una de las empresas farmacéuticas más importantes del mundo.
Dylan asintió con expresión cínica.
Pedro consideraba que, de los tres, Dylan era el que
mejor daba la imagen de hombre rico y prospero. Ocultaba muy
bien sus duros orígenes, aunque Michael podía
atisbarlos con facilidad bajo la superficie, pues eran similares a
los suyos.
- Mi padre era un cobarde muy rico
—dijo Dylan—. No
me reconoció como hijo hasta su muerte. Me dejó mucho dinero, un puesto en la junta
directiva de una compañía que no quiere saber nada de mí y unos
hermanos horrorizados por el escándalo que represento. Todo
tiene su precio.
Pedro no podía culpar a Dylan por su
actitud. No recordaba ningún chico del Hogar
Granger que no hubiera anhelado tener un padre. Aquel era un
amargo detalle más que los unía. Ninguno de los tres
tenía padre. Apartó de su mente aquel deprimente pensamiento.
- ¿Cómo celebraste tu triunfo?
—preguntó a Justin, que empezó invirtiendo pequeñas cantidades
en bolsa hasta hacerse muy rico.
- Creo que no llegué a celebrarlo. Viví
durante años con muy poco dinero y en un barrio pobre
para poder invertirlo todo en bolsa, y no hice nada especial
cuando alcancé el primer millón. Cuando conseguí el
segundo me trasladé a un barrio en el que no hace falta tener
rejas en las ventanas. ¿Y tú? ¿Cómo celebraste el éxito de tu
empresa en Internet? Según la prensa y el discurso del
director del Hogar Granger, Pedro era un genio de los
ordenadores que se había hecho rico de la noche a la
mañana montando un negocio en Internet. Pero él sabía
mejor que nadie cuánto esfuerzo y trabajo le había costado
llegar donde estaba.
- Dormí ocho horas seguidas por primera
vez en tres
años.
Dylan movió la cabeza, pensativo.
-Yo pensaba que tener dinero lo solucionaría todo. —Soluciona muchas cosas —dijo Justin.
- Pero tiene que haber algo mejor que
esto. ¿No te has sentido como un fraude cuando el
director no paraba de insistir en el ejemplo que
representamos?
Pedro sentía el mismo vacío y la
misma insatisfacción que Dylan. El dinero le había aportado
una publicidad que no quería, unos fortísimos impuestos y
la sensación de que nunca encontraría lo que buscaba.
Fuera esto lo que fuese.
- Para lo que nos está sirviendo, lo
mejor sería jugárnoslo
todo.
Justin estuvo a punto de atragantarse
con su cerveza.
- Eso sería una imprudencia.
Dylan ladeó la cabeza.
- No es mala idea. ¿Dónde? ¿En Las
Vegas o en Atlantic City?
Justin miró a Pëdro y luego a Dylan.
- ¿Se puede saber qué habéis estado
bebiendo?
- Pedro tiene razón. Llega un momento
en que añadir ceros a la cuenta corriente deja de
resultar divertido. De momento, como más he disfrutado ha
sido comprando un coche y una casa para mi madre.
Ninguno de nosotros está casado ni tiene demasiada familia.
- El matrimonio es la aspiradora
gigante de las finanzas - dijo Justin en tono alarmado.
Pedro sentía el mismo rechazo por el
dinero, aunque por motivos diferentes. Se había
ganado honradamente su apodo de Hombre de Acero. Aunque
apenas confiaba en lo emocional, sentía el empuje insistente
de una idea extravagante.
- En lugar de ir a Las Vegas, podríamos
convertirnos en los benefactores con los que todos
habríamos querido contar cuando estábamos empezando.
Dylan lo miró un largo momento y sus
labios se curvaron
en una lenta sonrisa.
- Si uniéramos nuestros recursos
podríamos hacer cosas
grandes.
- Un momento - dijo Justin, claramente
preocupado -. ¿Unir nuestros recursos?
- Podríamos deducirnos muchos impuestos
—dijo Pedro, y la expresión de Justin se
suavizó al instante -. Deberíamos crear una especie de Club
Secreto de Millonarios.
- Una fundación secreta de millonarios
con deducción de impuestos - aclaró Justin de
inmediato.
- Hagámoslo - insistió Pedro. No había
tenido una idea tan clara respecto a lo que
quería desde que había iniciado su negocio y había contratado
a su secretaria, Paula Cahves. Esta era una de las pocas personas del planeta en las que podía confiar, y si él fuera un
hombre distinto, un hombre con corazón, su relación podría haber llegado a ser algo más que meramente profesional.
Una noche llegó a serlo, pero, afortunadamente, Pedro recuperó el sentido común a la mañana siguiente y logró
salvar su relación profesional.
- Yo me apunto - dijo Dylan, e hizo una
seña con la cabeza al camarero -. Sirva otra ronda.
Un prolongado silencio siguió a sus
palabras mientras él y Pedro miraban a Justin con expresión
expectante.
- De acuerdo, de acuerdo - dijo éste
finalmente -. Pero si las cosas no salen bien, no me
vengáis luego con lamentos.
- Salud - dijo Pedro, y alzó su copa
con un extraño sentimiento de anticipación -. Por el
Club de los Millonarios.
NUEVA NOVE , es adaptada , diganme que les parece en mi tw @NatuPauliterVnz , si les gusta por favor diganme para asi poder subir cap , si no les gusta borro el blog y sigo con la otra
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