jueves, 9 de octubre de 2014

CAPITULO UNO - PARTE UNO

Paula chaves miró al hombre por el que se había ido colando a lo largo de los tres años anteriores y notó que el estómago se le encogía. Aunque se sintió atraída por él desde el principio, su corazón, su pasión y su cariño habían alcanzado poco a poco el pozo en que residían en aquellos momentos. No era amor, se repitió por enésima vez, pero sí era algo muy fuerte.

El sillón de cuero que se hallaba junto a su enorme escritorio de nogal estaba vacío, como de costumbre. Pedro prefería una silla alta y con ruedas y un tablero inclinado para trabajar. No le gustaba mucho estar sentado.

Sus brillantes ojos color miel parecían contradecir su actitud indiferente. Su inteligencia y tenacidad estimulaban la creatividad de Pau hasta un grado que nunca habría creído posible. Habían trabajado muy unidos y, después de un tiempo, ella había empezado a anhelar los comentarios de aprecio de su jefe, las ocasionales caricias de aprobación. 

De vez en cuando había sentido su mirada puesta en ella, y la atracción había palpitado entre ambos, pero Pau siempre se había ocupado de sofocarla. Pau nunca había dejado de esperar que algún día su jefe apartara la vista de su trabajo, la mirara y comprendiera que era la mujer que necesitaba. Dos meses atrás, la fatídica noche en que Michael la miró y alargó una mano hacia ella,
creyó que así había sido.

Una oleada de calor la recorrió al recordar. Podría haber sido el día anterior. Ambos estaban cansados después de haber pasado varias horas trabajando en un proyecto. Cuando Pedro recibió la noticia de que había conseguido un importante contrato con una empresa de la costa oeste, sacó una botella de champán olvidada en la nevera e insistió en que lo celebraran.

Abrió la botella y roció accidentalmente a Pau con el champán. Ella gritó, el se disculpó y ambos rieron. Una copa siguió a otra y al final Kate no sabía qué le había afectado más, si el champán o las hambrientas miradas de su jefe.

En determinado momento, Pedro la hizo beber de su copa y lo único que consiguió fue mojarla más.

- Voy a acabar con más champán en la blusa del que he bebido  - dijo ella, riendo. Al mirar a Pedro., la expresión de sus ojos la dejó sin aliento. Dejó de reír y sintió que una mezcla de temor y euforia se apoderaba de ella. Hacía tiempo que anhelaba que la mirara así.

Pedro posó la vista en su boca.

Siento curiosidad por averiguar cómo sabe el champán
en tus labios. instintivamente, Pau se los humedeció con la lengua. Se sentía como si estuviera al borde de un precipicio. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

- Tal vez deberías comprobarlo - susurró. Sin dejar de mirarla, Pedro inclinó la cabeza y la besó.

El primer beso dio paso a otro, y a otro más, hasta que Pau perdió la cuenta. Su blusa húmeda fue descartada y se excitó al instante bajo las caricias de Pedro. Seductoras y exigentes, las manos de éste no dejaron un rincón de su cuerpo sin explorar. Inevitablemente, en su interior floreció la esperanza de que la deseara como algo más que su secretaria.

Pero a la mañana siguiente su sueño quedó roto en mil pedazos. Pedro se disculpó profusamente por haber traspasado las barreras de su relación profesional. Se mostró tan sinceramente disgustado por su comportamiento que Pau no pudo odiarlo.

E incluso después del tiempo transcurrido aún no había perdido la esperanza de que la mirara y comprendiera que la quería. Pensó que había llegado el momento de averiguarlo, y sintió que el estómago se le volvía a encoger a causa de los nervios. 

Respiró profundamente para tranquilizarse. Había llegado el momento de la verdad. Ganara o perdiera, no podía permitirse esperar más a Pedro. Se acerco a él y abrió la boca. Pedro apartó la mirada del papel que sostenía en la
mano y se lo alcanzó.

- ¿Te importaría investigar este hogar para madres solteras? Pau sintió que su corazón dejaba de latir. ¿Sabía la verdad? Abrió la boca, pero ningún sonido surgió de ella.

- Necesito que lo mantengas en secreto —continuó Pedro, en un tono que recordó a Pau la noche que pasaron juntos, la noche que él le demostró con su cuerpo y sus palabras cuánto podía desearla—. Es un favor para un amigo.

- ¿Un favor para un amigo? —repitió ella, tensa. Pedro se encogió de hombros.

- Sí, algo referente a una fundación caritativa. Pau tomó el papel.

- Lo intentaré, pero puede que tenga que irme.

- ¿Irte? - Pedro miró su reloj—. Son sólo las diez ¿Estás enferma?

- En cierto modo —murmuró Pau, sintiendo que su coraje se desvanecía. Pero enseguida alzó la barbilla y se dijo que debía hacer aquello—. No puedo volver —espetó.

- ¿Volver a dónde? - preguntó Pedro, sin comprender.

- A donde estábamos antes de la noche que pasamos juntos.

Pedro asintió lentamente y se pasó una mano por los ojos.


- Ya te dije que lo sentía. Lo último que pretendo es estropear nuestra relación profesional. Eres la mejor secretaria que he tenido… la única que podría tener.

Se estaba refiriendo al hecho de que había tenido siete secretarias antes de que Pau llegara. Si ella no hubiera estado colada por él, sus palabras habrían sido un consuelo pero, dadas las circunstancias, no sirvieron para nada.

- No puedo volver atrás. Siento algo especial por ti  - dijo Pau, y sintió que su corazón se desgarraba cuando Pedro apartó la mirada. Decidida a hacer aquello lo mejor
posible, continuó hablando a pesar de la inseguridad que reflejaba su voz -. Siento algo por ti que no puedo evitar. Te aprecio como jefe, pero me he encariñado contigo como hombre.

- Pues no lo hagas - dijo él con firmeza, volviendo a mirarla—. No soy el hombre que te conviene. No creo en el amor romántico. Ni siquiera estoy seguro de creer en el
amor. Las emociones van y vienen. No se puede depender de ellas. Hay más probabilidades de ganar en Las Vegas que con algo tan caprichoso como las emociones humanas. No soy alguien con quien se pueda contar. Sería un marido y un padre funesto. No te encariñes conmigo de ese modo.

El corazón de Pau se encogió y las náuseas se acumularon en su garganta. Asustada, se volvió para correr hacia el baño.


- ¡Pau! - exclamó Pedro tras ella.

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