Al sentir que le iba pisando los talones, ella cerró de un portazo a sus espaldas. Tiró de la cadena y se arrodilló hasta que terminó de devolver. Luego, ignorando los golpes en la puerta, se irguió, se lavó la cara y bebió un poco de agua.
- Lo superarás, Pau - dijo Pero desde el otro lado de la puerta.
Pau se sentía humillada, mortificada… y embarazada. Pensó en la pequeña vida que llevaba en su seno, el resultado de la única noche que había pasado con Pedro.
Sintió que se le hacía un nudo en la garganta, pero se negó a llorar. Tal vez más tarde, pero no en aquellos momentos. Al mirarse en el espejo vio un intenso dolor reflejado en sus ojos verdes, unos ojos que, según sus amigos, siempre relucían. Algo no encajaba en aquella imagen.
- Si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre obtendrás lo que siempre has obtenido - murmuró, citando de forma aproximada una frase que había leído recientemente en un libro -. Ha llegado el momento de hacer algo distinto - armándose una vez más de valor, irguió la cabeza y abrió la puerta -. Renuncio a mi puesto.
- ¿Que renuncias? - repitió Pedro, consternado -. ¿Por qué vas renunciar a un trabajo que te gusta cuando ambos sabemos que esa noche que pasamos juntos fue sólo un gran error?
«Porque voy a tener un hijo tuyo», pensó Pau, pero se negó a decírselo en aquellos momentos. Tal vez más adelante, cuando hubiera recuperado la compostura.
- Es imposible que me quede. Renuncio - dijo, y se encaminó hacia su despacho. Pedro la alcanzó enseguida.
- Esto es ridículo. Lo superarás. Te aumentaré el sueldo.
- No necesito ningún aumento —replicó Pau a la vez que abría la puerta del despacho -. Mi opción de compra de acciones de la compañía me ha asegurado el futuro.
- Tendrás tu propio proyecto. Aquella era una oferta muy tentadora, pero no para ella.
- No.
- Debe haber algo que desees con todas tus fuerzas — dijo Pedro, exasperado -. Todo el mundo tiene su precio.
Aquellas palabras enfadaron tanto a Pau que apenas pudo hablar. Respiro profundamente.
- Siempre pensé que las personas que te llamaban «el hombre de acero» estaban equivocadas. Siempre creí que poseías otras cualidades. Por eso me quedé - se volvió y lo miró a los ojos—. Renuncio. Renuncio a organizarte el día, a recordarte que debes comer, a seguir dejándome seducir por tu inteligencia, a seguir deseando que me desees. Renuncio a seguir trabajando para ti.
—Tu contrato especifica que debes avisar con dos semanas de antelación —replicó Pedro con aspereza.Kate sabía que podía ser duro, pero nunca lo había sido con ella. Sus manos empezaron a temblar. Si no salía pronto de allí iba a desmoronarse.
Volvería más adelante por sus cosas.
- Descuéntame el dinero. Adiós, Pedro —dijo y, tras tomar su bolso, salió del despacho con paso firme. Pedro la observó mientras se alejaba. ¿Qué diablos acababa de pasar? Se había ocupado de restablecer su relación profesional con Pau después de la noche en que cediendo al oscuro anhelo y necesidad que tan a menudo había negado, hicieron el amor.
Siempre se había sentido físicamente atraído por ella, pero, ¿a qué hombre no le habría sucedido lo mismo? Su sedoso pelo rubio caía como una cascada sensual hasta sus hombros, sus ojos verdes brillaban de inteligencia y humor, sus cariñosos labios se curvaban a menudo en una intrigante y seductora sonrisa y movía su cuerpo al caminar como un felino.
Hacia aflorar el afán de conquista en un hombre, pero él se había negado a sí mismo el agua, el sueño mientras hacía surgir su empresa de la nada. Se dijo que el sexo era una necesidad más a la que había renunciado. Valoraba a Pau por razones más importantes. Ella había sido la persona con la que más había podido contar durante los tres últimos años de su vida.
Pau lo había tratado del mismo modo cuando estaba endeudado hasta el cuello y cuando se había convertido en multimillonario. Confiaba en ella. Podía contar con Pau, para ser un hombre que se había pasado la vida sin contar con nadie, eso era algo.
Su aroma aun permanecía en el aire… un aroma a galletitas y sexo. Eso sólo habría bastado para volverlo loco. Lo más probable era que ni siquiera fuera consciente de su importancia. Pero ahora se había ido. La mirada emocionada y también triste de sus ojos aún lo perseguía. Pau no era impulsiva ni dada a muestras irracionales de emoción.
Pedro tenía la inquietante sensación de que había hablado totalmente en serio, y no sólo había perdido a la mejor secretaria que había tenido; también había perdido a su mejor amiga.
El sonido del teléfono en el escritorio de Pau le hizo salir de su ensimismamiento. Descolgó el auricular.
- Alfonos - murmuró.
- ¿Pedro? ¿Qué haces respondiendo al teléfono? Michael reconoció al instante la voz de Jay Payne, su especialista personal.
- Justo a tiempo, Jay. Necesito una nueva secretaria. Se produjo un largo silencio.
- Has dicho una nueva secretaria? ¿Y Kate?
- Se ha ido.
- ¿De vacaciones?
- No.
- ¿Ha pedido una excedencia temporal?
- No - contestó Pedro, sintiendo que se le empezaba a agotar la paciencia.
- ¿Está enferma?
- No - contestó Pedro, y entonces recordó que Pau le había parecido enferma justo antes de irse—. Ha renunciado a su puesto.
Se produjo otro largo silencio.
- ¿De repente?
- De repente.
- Pero se supone que debe avisar con dos semanas de antelación —farfulló Jay -. ¿Te ha dicho por qué? ¿Te la ha robado alguno de nuestros rivales? Sé que ha recibido
ofertas.
Pedro frunció el ceño. Había algo en todo aquello que no cuadraba.
- Anota que está de baja por enfermedad y yo procuraré hacerla cambiar de opinión. Dame los nombres de las empresas que han tratado de captarla. Entretanto, consígueme una secretaria eventual.
- ¿Algún requisito especial?
- Que sea alguien como Pau —contestó Pedro, y supo que acababa de pedir algo imposible.
- ¿Pedro? ¿Qué haces respondiendo al teléfono? Michael reconoció al instante la voz de Jay Payne, su especialista personal.
- Justo a tiempo, Jay. Necesito una nueva secretaria. Se produjo un largo silencio.
- Has dicho una nueva secretaria? ¿Y Kate?
- Se ha ido.
- ¿De vacaciones?
- No.
- ¿Ha pedido una excedencia temporal?
- No - contestó Pedro, sintiendo que se le empezaba a agotar la paciencia.
- ¿Está enferma?
- No - contestó Pedro, y entonces recordó que Pau le había parecido enferma justo antes de irse—. Ha renunciado a su puesto.
Se produjo otro largo silencio.
- ¿De repente?
- De repente.
- Pero se supone que debe avisar con dos semanas de antelación —farfulló Jay -. ¿Te ha dicho por qué? ¿Te la ha robado alguno de nuestros rivales? Sé que ha recibido
ofertas.
Pedro frunció el ceño. Había algo en todo aquello que no cuadraba.
- Anota que está de baja por enfermedad y yo procuraré hacerla cambiar de opinión. Dame los nombres de las empresas que han tratado de captarla. Entretanto, consígueme una secretaria eventual.
- ¿Algún requisito especial?
- Que sea alguien como Pau —contestó Pedro, y supo que acababa de pedir algo imposible.
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