CAPITULO UNO - PARTE TRES
Dos semanas después, cuando se reunió con Dylan y Justin en O’Malley, la marcha de Pau aún tenía alterado a Pedro.
- Hey, Pedro, te estás quedando atrás en el trabajo - dijo Dylan -. Tú estás a cargo del hogar para madres solteras, Justin del programa de escolarización para niñosdesfavorecidos y yo estoy buscando información para el programa de investigación médica.
- Investigación médica - repitió Justin con expresión preocupada -. Eso suena muy caro.
- Si no tienes cuidado, vamos a empezar a llamarte el millonario agarrado —amenazó Dylan con irónico humor.
- Llamame lo que queras, pero no me arruines - Justin se tragó un antiácido y miró a Pedro -. No tienes buen aspecto. ¿Qué sucede?
- Hace un par de semanas perdí a una empleada fundamental —contestó Pedro de mala gana.
Dylan hizo una mueca de pesar.
- ¿Una muerte? Cuanto lo siento…
- Mi secretaria no ha muerto. Simplemente renunció a su puesto sin previo aviso. Acababa de encargarle que se ocupara de investigar el hogar para madres solteras.
Dylan alzó las cejas.
- ¿Es una mujer veleidosa?
Pedro negó enérgicamente con la cabeza.
- En absoluto.
- Puede que recibiera una oferta mejor —dijo Justin.
- No. Lo he comprobado.
Dylan hizo una seña al camarero.
- Aún no he conocido a ninguna mujer que no actúe de vez en cuando siguiendo sus impulsos emocionales. Dolores de regla, embarazo… todas se vuelven un poco locas de vez en cuando. Puede que recupere el sentido común y regrese.
La mente de Pero se centró en las palabras de Dylan. «Dolores de regla, embarazo». Movió la cabeza. Embarazo no, se dijo. Tal vez la regla u otra cosa, pero no embarazo.
Había sido una sola noche. Pero una noche en la que hicieron el amor cuatro veces, cada vez de forma más desinhibida que la anterior. Lo último en lo que pensó fue en algún método anticonceptivo. Empezó a sudar. Se había limitado a suponer que no se quedaría embarazada. Después de todo, él nunca había tenido intención de ser padre ni marido. Aquello no formaba parte de sus planes.
No estaba escrito en su destino. De hecho, ni siquiera creía estar genéticamente diseñado para ser padre.
- Tierra a Pedro, tierra a Pedro - dijo Dylan a la vez que golpeaba con los nudillos la barra del bar. Rió, pero no pudo ocultar su preocupación -. ¿Quieres decirnos algo?
Pedro pensó en Pau y movió la cabeza lentamente.
- No, no os preocupéis por mí. Me ocuparé personalmente de la investigación sobre el hogar para madres solteras. Nos vemos luego - dijo Pedro, y se levantó.
- Pero tu cerveza… - dijo Justin, claramente incómodo con el desperdicio -. Dylan acaba de pedir otra.
- Gracias, pero prefiero dejarla para otro momento. Puedes tomártela tú.
- No la quiero - dijo Justin.
Dylan se encogió de hombros.
- Se la daremos a alguien. Justin movió la cabeza.
- Creo que estas llevando este asunto de la caridad demasiado lejos.
- Es sólo una cerveza - dijo Dylan, sonriente -. Tendrás que extender un cheque con muchos más números cuando el Club de los Millonarios haga su primera donación. La expresión desasosegada de Justin divirtió a Pedro a pesar de su preocupación por Pau.
—Estás tan forrado que te vendrá bien librarte de un poco de dinero. Pero no te preocupes, Justin; no creo que vuelvas a pasar hambre en el futuro. Hasta luego, amigos - dijo, y mientras salía del bar su mente regresó de inmediato a Pau. ¿Estaría embarazada?
Condujo hasta su apartamento sin dejar de pensar en ello. Al entrar en éste, que era más un lugar para dormir que un hogar, no se molestó en encender la luz. La penumbra encajaba mejor con su estado de ánimo.
Aunque el embarazo era una posibilidad física, cada vez que pensaba en ello seriamente se le encogía el estómago ¿Cómo podía haber sido tan estúpido como para arriesgarse a traer al mundo un hijo en la misma situación por la que él tuvo que pasar? Desde luego, Pau no estaba enferma ni carecía de educación, como le sucedió a su madre, pero era joven y estaba sola.
Una brumosa imagen de su madre justo antes de morir pasó por su mente. Sabía que los recuerdos eran veneno, y cerró su mente a ellos. «Duerme», se dijo. Ocho horas bastarían para aclarar su mente, y si alguna vez había necesitado tener la mente clara, era en aquellos momentos.
Sin embargo, el sueño se mostró esquivo con él. No dejó de dar vueltas en la cama hasta que por fin se adormeció. Pero las imágenes grises que había logrado evitar durante el día invadieron sus sueños. Destellos de momentos cruciales de su pasado, vistos a través de los ojos de un niño, lo hicieron volver atrás en el tiempo, a cuando tenía seis años.
- Tu madre ha muerto - dijo la asistente social, palmeando su manita.
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